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domingo, 13 de diciembre de 2015

FUEGUITOS DE ESPERANZA: MONTAJE DE EGRESO UNEARTE (PERÍODO 2015 - II), “ÉPICA DE VENEZUELA: LO QUE RENGIFO NOS DEJÓ”


"Epica de Venezuela". Foto Cortesía: Segapema. Facebook: Segapema.

Dirección General: Luis Domingo González.
Actores/ Actrices: Olmar Castro, Gilyarí Montani, Begoña Pellicer, Victoria Granados, Eliana Feliz, Julio César Marcano, Luis Calderín, Sabino Barbieri, Doray Fernández.
Asistencia de Dirección/ Producción/ Vestuario: Graciela Küper, Breidy Laya, Fátima Sosa.
  
      Ante todo, debo comenzar confesando que el título colocado a la presente crítica constituye una expresión de profunda empatía, aun a riesgo de que pueda acusarse de ser demasiado personal, con el armazón general de la obra. En principio, por ser un montaje cuyo texto e hilo dramático ha sido armado a partir de segmentos de diversas obras de César Rengifo, entre ellas Oscéneba, Curayú o el Vencedor, Apacuana y Cuaricurian, Joaquina Sánchez, Una Espiga Sembrada en Carabobo y Manuelote; lo cual a mi parecer debería significar, para cualquier venezolano que se precie de ver teatro, que en alguna medida la obra en cuestión ha de tener un rasgo de pertinencia con nuestra realidad, de la que deberíamos ser partícipes. Segundo, porque el constructo conceptual y argumental de dichas obras, o al menos de los segmentos tomados de ellas, y la manera en que fueron superpuestos, resultarían en un mensaje de tremenda pertinencia dentro del “sentir” colectivo actual, de no ser, sin embargo, por el terrible y ¿desconcertante? mensaje final que contradice, en menos de 5 segundos, todo el esfuerzo argumental hecho en los 80 min anteriores al mismo (la obra dura, aproximadamente, unos 90 min); aunque luego profundizaremos en esto último. Y tercero, y para mí la más importante, es que la obra nos permite enterarnos –por lo menos a aquellos que no sabían-, identificar y/o, sencillamente, experimentar, desde la recreación estética que nos presenta, la razón de ser del estigma que ha estado presente en toda nuestra historia como país a partir de la conquista y colonización española hasta la actualidad, el cual a su vez es, sin embargo, origen y expresión de nuestra principal originalidad y motivación heroica como pueblo: la eterna lucha popular, de los pobres, los de a pie, los pata en el suelo, los tierrúos, los desposeídos, los despojados, los oprimidos, etc., por la conquista de una emancipación colectiva, respecto del opresor, nacional y extranjero. En ese sentido, el montaje contiene un énfasis especial en hablarnos desde la perspectiva del bando de los más “jodidos”: los indios, los negros, los mestizos…, desde ese pueblo que al no tener ya nada que perder, se sumó en busca de esperanza a la causa patriota.

Autor: César Rengifo. "Los Hijos de los Barrios"
     Menciono los tres anteriores aspectos porque son los que a mi parecer están más relacionados con aquello que le otorga mayor valía a toda obra de teatro: lo que tiene que dejarle a los espectadores y espectadoras que la “vivencian”. ¿Que es esto último una opinión muy personal? Puede que sí. Pero también lo digo porque, a pesar de ser un montaje de egreso, el segundo de este año en el caso de la carrera de Teatro de la UNEARTE (es decir, el resultado final de un proceso de formación en el arte teatral de apenas 4 años, mínimo), creo que es fundamental reconocer el esfuerzo que desde plataformas incipientes y emergentes como lo es dicha universidad, o mejor dicho, que desde parte de la comunidad que forma parte y se ha formado en ella; se viene desarrollando en función de seguir estrechando los lazos entre el hecho artístico y nuestra realidad social, y más aún con un trabajo donde, innegablemente, se aprecia la entrega y el esfuerzo de un grupo de estudiantes por desarrollar un trabajo desde el compromiso creador, fundamentalmente en el ámbito interpretativo; y decir esto antes de empezar a rabiar sobre “la falta de verosimilitud de la actuación de tal o cual”, “el terrible vestuario de aquel”, “la falta de criterio estético para la iluminación”, “la mala dicción de ese”, “la mediocridad expresada en el aspecto tal…” y así  etc, etc, etc. Lo cual no quiere decir tampoco que dejemos de mentar, por supuesto, las debilidades, carencias o inconsistencias que podamos considerar presentes.

                En fin, a partir de la premisa indicada anteriormente –o de lo que yo consideré como la premisa- se desarrolla un montaje caracterizado por el uso de una diversidad y sencillez tal de elementos –tal vez demasiada-, que asemeja casi a un “garaje”, aunque dicha etiqueta sea extemporánea. Pero la verdad es que parece ser que todo lo que pudo conseguirse, se metió: Gaveras y guacales funcionan como principales elementos escenográficos, mientras una tela verde recubre el espacio, sobre la cual vestuarios de diversas épocas, formas, colores y estilos se entrelazan en escenas todas ambientadas en los años de la conquista y la colonización española en nuestro país, como muy acertadamente nos los hace saber el personaje del Narrador, interpretado con plena entrega y originalidad por Begoña Pellicer, quien coloca todo de sí para llevarnos con ella. Con el uso de carteles y de ciertos “anacronismos” estéticos (la aparición de un policía metropolitano o de una evangélica predicando con su revista Atalaya en plenos años 1700, por ejemplo), como recursos propios del Teatro Épico, se contribuye a generar el efecto de distanciamiento dentro la obra en un sentido brechtiano –no en vano se llama “Épica de Venezuela”-,  con lo cual se nos colocan en mesa un conjunto de elementos para ser reflexionados y cuestionados, entre ellos: el origen y la naturaleza histórica de algunas aspiraciones, necesidades y actitudes colectivas de cara a la realidad que nos han caracterizado y movilizado como pueblo (incertidumbre ante el futuro, el misticismo como forma de interpretar la realidad); la contradicción entre la necesidad social individual frente la necesidad social colectiva (asunto contenido en Manuelote), así como el rol que juegan diversos arquetipos sociales que aún hoy podemos identificar en nuestra sociedad, y que se han ido forjando en este devenir: el policía reaccionario, el opresor cobarde y elitesco, alejado de las mayorías; la religiosa fastidiosa y alienada, indeseable por su propia ceguera y, por supuesto, el patriota, la patriota: los rebeldes, los insurrectos, los derrotados, los resignados a revivir una y otra vez, hasta resolver el enigma inicial: los verdaderos héroes y heroínas trágicas de nuestra gesta histórica.


Foto Cortesía: Segapema. Facebook: Segapema.
Con una musicalización basada meramente en la vocalización de los actores y actrices en escena, acompañada con toques de tambor, maracas y flautas indígenas, así como una iluminación bastante básica y a contraluz, que lamentablemente más bien a veces oscurece –literalmente- la puesta; hay que decir, para comenzar con el diseño, que todo parece conseguido con las uñas, por un lado, o decidido de manera apresurada, por otro, por lo menos en torno a dicho ámbito. La diversidad de objetos y estéticas de estilos y épocas tan distintas, si bien alcanza a referirnos la imagen correspondiente al rol social del personaje, la época o el lugar, está lograda a veces con recursos tan pobres o descuidados y de cualidades tan diversas –y a veces adversas- entre sí (como es el caso de la tela verde que recubre el espacio, la pintura de las gaveras, el diseño del maquillaje indígena; sumado a lo mencionado respecto a la iluminación, con la que además se añaden otros colores, en la ausencia de una paleta general de colores y texturas) que juega en contra de la fuerza,  pulcritud y, por tanto, eficacia estética del trabajo, que es también parte de su eficacia conceptual, de su capacidad de impacto y conexión con el espectador. Por lo cual, lamentablemente, el montaje en cuestión presenta su mayor debilidad en torno al diseño teatral, al no haber una línea estética clara, coherente y unificada.


        Menciono lo anterior no por considerar la necesidad imprescindible y sagrada de una estética “idealmente bonita”, o de la predominancia del diseño en sí, como algo además sin lo cual una obra teatral no puede ser lo suficientemente artística o existir, nada que ver. En el hecho, recurrir a dichos elementos puede ser considerado también como una expresión del arrojo y la creatividad del grupo abocado al montaje, como un recurso desesperado para poder lograr la concreción del mismo. Pero mi cuestionamiento surge entonces hacia el por qué el trabajo mostrado resultó con esa debilidad; creo que esto es necesario, por un lado, visibilizarlo, tomarlo en cuenta a la hora de evaluar y debatirlo, pues en un montaje que entra en el marco de un proceso académico, que es resultado y expresión del mismo, y en una casa de estudios donde además de actores y actrices hay diseñadores y diseñadoras en diversas áreas, productores y productoras, cuesta entender como no se garantizó a tiempo una asesoría o acompañamiento al respecto



Foto Cortesía: Segapema. Facebook: Segapema
Foto Cortesía: Segapema. Facebook: Segapema
        Con relación a la puesta, vale la pena resaltar primeramente las hermosas imágenes de los rituales indígenas de lamento y preparación para la batalla, de la resistencia y lucha originaria, desarrolladas en el primer segmento a través del trabajo con los actores y actrices en el espacio, quienes además hacen gala, durante las mismas, de un exigente esfuerzo físico y expresivo, y con las cuales se dinamiza y da vida al texto inicial, creando mediante la puesta una emocionante atmósfera mágico-mística, propia del tema. Otras imágenes también interesantes, son aquellas que refieren a la obra pictórica de César Rengifo, con sus figuras tradicionalmente campesinas, ataviadas con trapos y grandes sombreros, en los campos que soportan su habitual miseria (contenida en la escena final)
Autor: César Rengifo. "Cena del Éxodo"
      
    Posteriormente, la puesta se hace relativamente sencilla, en términos del juego espacial con los actores y actrices, pero atrevida en cuanto a la estética épica por la que apuesta y el uso que se le da a los recursos plásticos con los que cuenta para ello: los actores y actrices se cambian en escena, cada uno representa diversos personajes, se da cabida al juego y la improvisación desde el desarrollo de diálogos para hacer alegorías sobre la realidad actual, y con los guacales y gaveras se improvisan ventanas, paredes y calles que se montan y desmontan para cada escena. Hay que decir que las debilidades en el diseño plástico de la obra o la sencillez parcial de la puesta -que no por ello falla en su misión estética- se cubren con el trabajo interpretativo de los actores y actrices, donde se aprecia con claridad que estuvo el acento creativo y estético del montaje. Observamos entonces en escena, a actores y actrices aun en formación, sí, pero también en el ejercicio sincero de una búsqueda expresiva que se palpa en gestos y movimientos para cada situación y personaje, comprometidos con el trabajo colectivo para el desarrollo de las atmósferas, imágenes y ritmos planteados para cada situación, conectados con el juego cómico e irónico que se propone en algunos momentos sin olvidar las circunstancias de la ficción, y en relación viva y activa con el otro. Son estos elementos y cualidades en torno a las cuales, tal vez, si hubiese habido más tiempo para madurar y fijar cosas, seguro el equipo de actores y actrices hubiese aumentado la capacidad expresiva, precisión y efectividad de sus interpretaciones; o digo, aún más de lo que ya lograron. Vale llamar a revisión, sin embargo, detalles en la dicción, sobre todo en las escenas donde se abordan rápidos ritmos y nuevos acentos. Afortunadamente, el grupo de trabajo que hace parte del montaje, se ha planteado seguirlo desarrollando, puesto que el mismo está compuesto aún de otras escenas, también la pluma de Rengifo (de ahí el “continuará” de la escena final) que completan esta interpretación de la Épica nuestra. Así que esperemos pues el desarrollo integral de este prometedor trabajo, aspirando que en vez de “seguir jodidos los que ya estamos jodidos” podamos encontrar en el mismo nuevas claves para comprender de dónde venimos, por qué estamos cómo estamos, y encontrar senderos propios para desentrampar el ciclo de este devenir contra los eternos fantasmas propios y extranjeros, por un mejor y más digno vivir. Aquél que Rengifo convocó con sus tragedias y que hoy seguimos buscando por diversas vías y decisiones, pero que pretendemos –al menos los de abajo- sean las más justas, las más consecuentes, las más dignas para todos y todas.
Foto Cortesía: Segapema. Facebook: Segapema
  
Foto Cortesía: Segapema. Facebook: Segapema